A veces uno es tan inconsciente
de salpicar su mañana
de egocentrismo y omnipotencia.
Ya ven, algo que se deja caer sin mala fe...
Comentan que este abrigo debe durarles,
al menos, cuatro inviernos.
Que a aquél le gustaría, si Dios quiere,
tener dos hijos (¡ojalá gemelos!).
Que mañana en el trabajo,
si no tienes una urgencia,
harás esa llamada personal a un 802
para ahorrarte unas monedas.
Que el próximo junio pintarás tu casa
(no has decidido el color, pero gana el amarillo pollito).
Que aún está pendiente ese viaje a Buenos Aires.
Caballero, recoja los zapatos este martes sin falta.
Y entre cosa y cosa, puede que las cosas
estén esperándote sin ti por entonces,
que las cosas estén y sean, y tú no.
No es mi estilo ponerme en lo peor si hay oxígeno,
pero en este caso lo peor es lo único.
Me creía muy especial
hasta que empecé a conocer a la gente:
ahora pienso que la normal soy yo.

Resucitan los muertos sin saber cómo,
cuando camino sola por la calle,
y me cruzo con rostros que tienen algo de ellos.
Espaldas y hombros que han roto mi tranquilidad,
mis ojos sujetos a sus nucas (¿son acaso?).
Recuerdo que en algún momento estuvieron en un presente:
muchos tenían gato,
otros coche,
otros jardín.
Pero siempre, siempre, invariablemente,
rememoro cuando si anduviera aún por allí,
dónde estaba el baño, dónde la cocina,
cuáles son los platos que cocinaron para mí,
y sobre todas las cosas del mundo
en qué esquina nos alojaba la cama.

Coincidían los sabios,
expectantes, sin habla,
sufriendo un síndrome de Stendhal.
El pintor delante del cuadro,
el escritor delante del libro,
el místico delante del acto,
el pintor delante del libro,
el pintor delante del acto,
el escritor delante del cuadro,
el escritor delante del acto,
el místico delante del cuadro,
el místico delante del libro:
“Para hacer eso el autor debió de haber amado mucho”.
Y todos asintieron.

Podría escribir una obra cumbre,
dormir en un parque,
o convertirme en gloria olímpica.
Y aun así me seguiría faltando
la misma luz al salir de la cama.
¿Qué hago yo ahora con este frío
si me lleva asaltando un pensamiento con rever
veintidós años, a falta de treinta y nueve más?
Estoy desconsolada. Tirito.
No quiero ir a trabajar.
No quiero echarme al mundo.
No quiero que el mundo me eche veneno a mí.
Olvidadme en un rincón oscuro, con una manta.
¿Por qué me siento tan deshumanizada?
¿Dónde está escondido el botón de off?
¿Dónde el arte?
Sospecho que la muerte debe de parecerse en algo a esto.
No soy un jarrón tan caro,
algún ejemplar de homo sapiens así lo refiere,
es sólo la indecencia de mi carácter.
Puedo acaso jurar sobre el horizonte de Madrid
que lo único que me hace feliz son las personas.
Ya ves que tengo lo peor de los gatos
y lo mejor de los perros,
que estas aterciopeladas plumas
me las quito siempre antes de dormir.
Entiendo y perdono que se dude
ante una bofetada o un abrazo,
que necesito los dos por igual
y a veces no llega ninguno.
Vivir es un mensaje mixto,
vivir es un eterno polvo de reconciliación.

Seguiré dándote la mano
con ganas de llevarme la tuya a la boca.
¿Por qué estas escenas se me cruzan siempre
como publicidad subliminal? No las busco.
Pero son las palabras las que me mueven las faldas,
las únicas que pueden descubrir que no llevaba nada debajo.
Todos tenemos un pasado, no seamos idiotas.
Yo tengo además futuro y nada que me ate.
Porque fue como verme en un espejo
y me asalta la piel a veces,
porque fue vista por dentro y por fuera.
Será que las películas buenas casi nunca se olvidan.

Velé los sueños de tanta gente,
me quité el alimento algunos días,
expuse el rostro al sol tantas mañanas,
(cuando no fue nieve la que cortaba),
callé tantas cosas,
dije tantas otras,
corrí horas a contratiempo
y llegué tarde a mis maratones.
Os he querido mucho a todos,
nunca fuisteis un trámite,
no significasteis más que un fin.
El fin tenía nombres y voz,
pero la rama se ha secado
y ya no quiero cuidarla más.
Decidí prender fuego a mi huerto,
y lo triste es que
tuve que hacerlo por la fuerza.

Todo lo que va, viene. Por eso el gran poeta Dani Herrera vuelve de hacer las Américas desde las lejanas tierras de California. No vuelve para quedarse, desde luego, porque sus alumnas le echarían mucho de menos, pero sí para darse una alegría con la gente del antro de siempre.
Se leerá poesía, se beberá y se gozará (cada uno en la medida que pueda). Quedan todos ustedes convocados el 25 de marzo en el Bukowski Club (San Vicente Ferrer 25, Madrid, Metro Tribunal) a eso de las 21:00 horas.

A veces gritan todas mis células al unísono,
cuando odio y cuando me enamoro,
maldita conciencia de clase,
benditas ganas de matar,
engendradas en mi ADN
de carbón y fibra óptica.
Los amarracos somos nosotros,
no me pregunten qué hacía yo allí,
reyezuelos de empresa,
cafres de linaje, que cerrarán
el viernes por la noche el negocio
a dos putas por cabeza.
Hombres indignos y malcasados
que competirán por conseguir
el coche que más contamina,
memos que aún no se han planteado
que dentro de veinte años
les limpiarán el culo
mientras hablan de su viejas glorias
(cuando todavía alguien les hacía caso).
No me pregunten qué hacía yo en aquella reunión:
pues escribía en mi memoria este poema.

* Retrato de un sans coulotte en La Revolución Francesa
Hoy se estarán preguntando en sus casas
-porque el ser humano es así de idiota-
qué es lo que hicieron mal.
La chica morena que se pinta los labios de rojo,
salió llorando del baño,
la compañera rubia estuvo riendo hasta la hora de comer
sin advertir que lloverían sapos muertos por la tarde.
El hombre de la trenza en la barba
tiene una muñeca que trajo de China
y que desayuna todas las mañanas.
Alguien de Administración trajo mecánicamente unos papeles,
la rabia ya no se contiene cuando no se tiene nada que perder.
Seguiremos partiéndonos la cara por un trozo de pan mohoso,
pero sus asientos el lunes estarán vacíos.
El miércoles salí de la agencia a las siete y un minuto
y eché a correr por Alcalá:
los viandantes me miraban,
temían que hubiera sustraído sus carteras.
No corría porque perdiera el autobús,
corría porque sí,
porque el Diablo ya había puesto sus ojos en nosotros.

Me han propuesto ser artista invitada. Y no he podido decir que no.

Luego dicen que Internet acaba con la cultura. Hacia los dieciocho o diecinueve comencé a interesarme por la poesía (al margen de los penosos ripios con lo que nos solemos iniciar antes). Conocía los autores que nos habíamos metido entre pecho y espalda en el colegio. Pero, ¿cómo decirlo?, a mí Garcilaso de la Vega, Bécquer y toda la troupe me la sudaba. Imaginaba que existirían otros poetas que pudieran suscitar mi interés, y por suerte para mí, di en la Red con una lista de literatos españoles ordenados cronológicamente. Como pueden imaginar empecé por atrás. Y empezando por atrás uno puede dar con Lorca, con Cernuda o con Jaime Gil de Biedma.
¿Saben esa sensación, cuando uno conoce a una persona que le gusta mucho, que dentro de 30 años le seguirá gustando mucho y que le provoca los instintos más primitivos de día y de noche, de joven y de viejo, like a Rolling Stone? Pues así fue con Jaime. Me entusiasmó, me fascinó. Llega a tal grado que hace apenas dos meses intenté leerlo en el autobús y antes del quinto poema ya había hecho que se me saltaran las lágrimas. No pude sino guardar el libro.
Todo esto viene a cuento del estreno de la película El Cónsul de Sodoma, dirigida por Sigfrid Monléon, protagonizada por Jordi Mollá y basada en el cuidadísimo y prolijo libro de Miguel Dalmau. He estudiado todo lo que ha caído en mis manos hasta el momento sobre la vida y milagros de Jaime Gil de Biedma, y quizá no pueda decirles si la película es buena o mala, si me ha decepcionado o no. No puedo olvidar que se trata de un biopic (como ya saben, se trata de un genéro cinematográfico que narra o adapta biografías de diversas personalidades de todos los ámbitos), por tanto se ejecute como se ejecute, nunca dejará de ser un corta y pega de los distintos momentos de la vida de un tipo o tipa. Quizá el guión pudiera haber dado más de sí, pero los escenarios han sido tal y como los he imaginado siempre. Desde la mitad de la película dejé de ver a un actor para ver al poeta que nunca pude conocer. Jaime Gil de Biedma murió en el año 1990, de SIDA. En aquella época, esta mujer que les escribe contaba con 7 años. No sabía quién era Jaime, no me importaba quién era Jaime y no recuerdo noticieros ni periódicos del día. Hoy hubiera dado un brazo por acercarme al poeta que era un poema y darle las gracias. Pero volvamos de nuevo a la película, porque el mito me lleva siempre a rastras por el camino que quiere.
Jordi Mollá (también Josep Vinuesa, creíble Carlos Barral) aporta una calidad a la película fuera de toda duda. El resto puede ser perfectamente discutible. Existen varias escenas destacables por su importante carga emotiva: cuando Jaime amaga una visita a un hospital, otra escena de una riada, el baile de la hija de Carlos e Yvonne, el papel que mete en la chaqueta de su padre, y por supuesto la escena final. Sigfrid Monleón ha preferido no recrearse en los últimos y patéticos momentos de Gil de Biedma (incluyendo la paliza y el robo por parte de un chapero). El protagonista (Jaime, no Jordi) de El cónsul de Sodoma se evade de su enfermedad estando en contacto con una de las experiencias que más satisfacciones le ha dado: el sexo. Pero esta vez de forma absolutamente pasiva.
Por favor, vayan a ver la película. Nosotros no pudimos conocerle, pero la voz, las maneras, la arrogancia, la ternura y la ironía de la interpretación nos llevarán hasta él. Y qué coño. A Jaime le hubiera encantado ser interpretado por un hombre tan guapo y talentoso como Mollá.
Allá donde estés Jaime, espero que te comas tu nueva vida como te comiste la anterior. Feliz existencia.




Pueden ver aquí el trailer: http://www.youtube.com/watch?v=zXlknsa-6KE
Se acuerdan de mí,
a veces suena el teléfono
mientras estoy en la ducha.
En ocasiones me llaman para cenar
cuando estoy a punto de concluir un libro.
Si no fuera el lunes a trabajar
mi jefe correría alarmado paredes arriba,
¿sabéis qué ha pasado con Marta?
¿Estará enferma?
¿Le habrá tocado la Bonoloto?
También mis amigos viajan y me traen recuerdos,
o exclaman divertidos que les vine a la memoria
cuando vieron o escucharon algo.
Me envían achuchones, pellizcos, besos en la boca,
fotografías desde el extranjero.
Un hombre me dice frases ininteligibles desde una furgoneta,
tú me comentas los poemas.
Pero últimamente me miro al espejo y pienso
que ojalá nunca llegue un día donde no me llamen,
porque existiré sin existir,
que es lo mismo que no hacerlo,
y aunque la juventud se haya ido,
aunque mis mohínes ya no tengan gracia,
y carezca de lugar donde caerme muerta,
que me llamen,
que me llamen,
que me llamen.

Gloriagil alguna vez tuvo un apodo,
que constituyó su único artificio.
Puede que por eso no comprenda
la parábola del hijo pródigo,
ni la fundación de Roma,
por mucha Cultura Clásica que imparta,
porque las cosas son como son
y están donde han de estar.
Ella matará corderos por los que estuvieron siempre
y maldecirá la lenidad de los raseros múltiples.
No te apures, amiga, si los amos no te tiran una galleta,
yo te digo que fueron siempre para los perros tontos.

Pueden leer a Gloriagil en http://gloriapage.blogspot.com/
Sauce llorón:
cuanto más creces más cerca del suelo estás.
No das fruto de pecado primigenio,
ni curan tus limones el escorbuto.
No inspiran haikus tus flores,
no te yergues robusto en el campo trabajado por el que trabaja el campo.
No creces orgulloso pretendiendo conseguir el cielo,
ni muelen tu carne los andaluces de Jaén.
Ahogas a quien se acerca a tu sombra.
Lloras de pena, sauce,
lloras de verte sauce,
lo mejor que podrían hacer es talarte, sauce.

Cayó la URRS,
cayó el muro,
cayó el Che,
cayó el ozono,
cayó Elvis,
cayó Lennon,
cayó Madrid,
cayó la dictadura,
cayó la segregación,
cayó el machismo,
cayó más de una torre,
cayó la anarquía,
cayó el Imperio Romano,
cayó Numancia,
cayó un trabajo,
cayó otro trabajo,
cayó un amor,
cayó un amigo,
cayó un año tras otro,
cayó otro amor,
cayó otro trabajo,
cayó otro año,
cayó otro amigo.
Y todavía me miro al espejo
y me pregunto por qué cambia la gente.
Cuando me encuentren deliberadamente caída y muerta en el baño
sepan que la próxima iba a ser yo.
Y que sólo me adelanté.

Este poema se escribió mientras escuchaba Everybody's changing de Keane http://www.youtube.com/watch?v=maKVPe677Jc
Por desgracia este poema no es mío, pero ojalá lo hubiera sido. Quién no ha pensado esto al levantarse para tener que ir al trabajo. Con todos ustedes un poema de mi amigo Dani Orviz.
Niña de la cueva,
los campos azules
de encima de techo de mundo gigante
estar ya despiertos.
Grandes y tan bellos.
Los toros de nieve cambiantes
cabalgar al alba
jinetes de fuego sentados en ellos
dejar olvidadas sobre nuestra tierra
muchas cosas nuevas.
Y si tú dejarme
cogida de pelo de sol
yo llevarte
a descubrir ellas.
Niña de la cueva.
Niña de la cueva,
yo ser no valiente.
Yo hombre no firme.
Cachorro.
No fiera
de afilados dientes.
Todos de mi gente:
Cobarde,
decirme,
porque tener miedo
cuando después rojo final de los días
arriba
en oscuro
grande bestia negra de nombre “Futuro”
guiñarme mil ojos.
Y yo tener claro que yo ser no fuerte.
y yo tener claro que ser no guerrero.
que fácil por muchos asustarme
pero
sin duda
sin miedo
yo manos desnudas subir lejos,
fuera
a cazar de cena la carne del cielo
si tú tener hambre,
Niña de la cueva.
Porque,
por tú verme,
caminar erguido
y quitar con agua maloliente lodo de mi piel,
y solo
para tú contarte
guardar muchas cosas aquí donde frente,
saber de corrido el nombre de todo.
Y aunque por ser débil
y ser poca cosa
y no ser capaz de cazar ni una cabra,
no tener yo piel para hacer tú vestido
Niña de la cueva
para que tú hermosa
yo tallar tú estas piedras preciosas
llamadas “palabras”.
Y cuando los miedos agarrarme el pecho
y el frío azotarme en agujero estrecho
que yo llamo cama
Sentirme valiente,
sentirme caliente
por saber que
yo
No querer mañana
No querer planetas. No querer cohetes.
No querer ciudades. No querer antenas.
No querer la bomba, la radio, la tele.
No querer tejanos.
No querer motores.
No querer el nylon.
No querer la imprenta.
No querer comercio.
No querer las leyes.
No querer la banca.
No querer polea.
No querer palanca.
No querer el templo.
No querer moneda.
No querer la espada, no el cuero, no el arte.
No querer el hierro.
No querer la rueda.
No querer el habla.
No querer el fuego.
No querer ser hombre.
No querer ser nada
si tú no quererme
Niña de la cueva.

Daniel Orviz está en http://novedadesincreibles.blogspot.com/
Queridos amigos de Poesía que no es cursi. Ya tocaba hacer un recital para vernos las caras. Será el próximo sábado 31 de octubre en el barrio de Malasaña, en Madrid. Mi partenaire será el poeta Rafael Sarmentero (http://www.rafaelsarmentero.com/). La entrada, por supuesto, es gratuita, pero aceptaré flores, cajas de bombones y diamantes de 10 quilates (mínimo). Además podéis beber copazos mientras y ligar con el resto de asistentes en el pre y post recital. Os esperamos con mucho amorrrr.
¡No faltéis que pasaremos lista!

Recordatorio:
El objeto indirecto o complemento indirecto es un constituyente sintáctico regido por un verbo transitivo, generalmente no obligatorio, cuya interpretación semántica o referente designado es un receptor, benefactor o meta de la acción verbal expresada por el verbo. De forma simple se puede decir que corresponde al beneficiario o perjudicado por la acción del sujeto (caracterización semántica), y suele ser más a menudo persona que cosa.
En octubre los edificios oficiales parecen más altos,
la gente de la calle mucho más respetable,
y en el trabajo no saben que esta aparente concentración
se debe (me debo) a un poema.
Qué necesaria la gente.
Cuántas acciones, interacciones y devociones a lo largo de la semana.
Bien sabe Dios que cinco de cada siete días querríamos morirnos
de no ser por el sentido de los complementos indirectos.

(Estén atentos a sus pantallas, se prevé un próximo recital en Madrid).
No hubo vez en que no lamenté
que la fiera se acurrucara al lado de alguien.
Dime cómo lo has hecho,
si puedo acabar con un avispero con mis propias manos,
si siempre que jugué con fuego salí quemada por no hacer trampa?
Ya sé que tengo mucha sangre,
a veces demasiada, y que por ello la exijo como en contienda,
pero no se trata de un intercambio justo
cuando me convierto en carne y lana.
Que cada jornada en que llego al trabajo sin noticias,
estoy yéndome más hacia alguna parte,
¡aún podemos ganar el tiempo que nos roban,
atrasar con el dedo las manecillas de los relojes!
Sabes que nadie se ha besado así al fondo de una tetería.
Prosigue.
Y si ningún afán te lo impide
adelántate y cierra la puerta con llave.
Para que no me vaya.

Hallábame en un problema existencial de falta de entusiasmo, de permeabilidad y de explosión creativa, pero me veo obligada a salir de este silencio. Lógico: veo mucha cutrez alrededor. Últimamente no puedo asistir a ningún evento literario donde no me vendan al final del mismo 3 ó 4 productos, normalmente de autoedición. De forma reiterada. ¿Esto es malo, se preguntará usted? No necesariamente, pero sí cuando su mundo poético acaba degenerando y limitándose a eso: vender. Ya no interesan las relaciones personales excepto para el spam. He conocido y conozco mucha gente admirable, brillante, artistas al fin y al cabo. Ha sido tal el placer de su conversación y compañía que aquellas relaciones acabaron trabando en amistad. No éramos nadie, sólo un grupo de gente que leía, escribía y compartía una copa en la oscuridad de cualquier bar o cualquier casa. ¡Os quise y os quiero tanto! ¡Y el arte que nos unió ahora nos devora sin remedio! ¿No os dais cuenta de que me interesáis más vosotros que toda la puta poesía de este mundo?
Me sentiría ridícula si cobrara a mis amigos por asistir a mis recitales, me sentiría ridícula poniendo continuamente en compromisos a mis compañeros para que me compren un maldito libro, me sentiría ridícula haciéndome un grupo en Facebook que se llamara UB poeta de primer orden y enviando invitaciones a mis conocidos, me sentiría ridícula pregonando mi malditismo.
Debatamos.

Vino por tierra, mar y aire,
aprovechando el único flanco de piel entre la coraza.
Lo soñé una mañana canaria anegada de sudor,
en un hotel ruidoso y descuidado
donde sólo me tomó un minuto descomponerme y morir.
Preguntaron por mi bravura matutina,
y no acerté a decir, que al despertar,
me había sentido como una paloma atropellada en la carretera.

Mutamos y permutamos
como enunció alguna Ley.
Subsistiremos,
pequeños pinzones de Darwin,
nos volveremos otros,
seremos más fieros,
más listos,
indudablemente también más tristes.
Nadie nos pregunta cuando crecemos
si nos gusta dormir
con una pistola bajo la almohada.
Tal vez ya forme parte de nuestra anatomía.

Estabas en un banco de Fuencarral,
la Santa Muerte nos guarde,
alargabas tu mano de trabajadora, viuda y arrugada
con la falta de costumbre,
propia del orgullo de quien teme molestar.
Creo que ni siquiera conocías tu papel de mendiga.
Decías ayuda. Puede que algo parecido.
Entendí que hasta el niño más pobre
podría echar a correr delante de ti.
Deseé creer entonces todos los augurios proféticos:
que no iba a faltarte de nada,
que por allí arriba serías la primera.
Te cedo mi puesto y los de los cien que me anteceden,
te regalo mi manta y mi despensa.
Recuerdo que te sonreí y te alargué una moneda.
Yo pensaba en tu dignidad,
seguro que tú también cuando saliste a pedir un mal día.
Me llenaste de bendiciones,
pero yo sentí ganas de arrojarme a un pozo
como una proscrita de los cielos.
Ojalá me hubiera arrancado mi edad, mi salud,
el reloj y los pendientes,
que en ese instante sentí como cadenas.
Antes de que me diera la vuelta
se me mojaron las pestañas,
pero llevaba cristales velados,
y nadie me vio llorar.

Estaba intentando escribir un poema, pero al final, lo que quería aflorar era esto. Yo ya no puedo añadir nada.
*** Noches del mes de junio ***
Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.
Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.
Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.
Jaime Gil de Biedma.

Idea inabordable,
sé como hacerte
y te me niegas.
Voy a condecorarte como mi puta preferida,
no te hagas la estrecha,
esta madrugada sacaré a pasear el dandy que llevo dentro.
Recuerda que bajo el traje italiano
me late un corazón más abajo del pecho
que ha calculado todo al milímetro.
Esta vez no asumiré la derrota,
el champán me espera frío en la nevera.
Extraña y desgraciada cualidad triunfalista
de dibujar la perfección con la mano de la mente.

Yo no tengo ángel de la guarda,
tampoco un padre rico
o un novio al que darle el coñazo.
A decir verdad, no poseo nada.
Es más:
si se pusieran de acuerdo 5 ó 6 personas
probablemente tendría que dejar de comer
o habitar entre roedores.
Si dejaran de devolverme los buenos días
me alcanzaría el mismo desconsuelo
que a una fruta en agua caliente.
Hasta el momento no lo han hecho,
puede, entonces, que tengan sus razones.
Muestro dos manos, mucha soberbia,
somera idea de alguna cosa,
y una dentadura joven
para arrancar el corazón a dentelladas.
He sido feliz sólo cuando dejé de pensar.
He insultado,
me han insultado.
Hace muchos años que no me insulto.
Quiero desvestir a la gente de complejos,
quiero que se amen los unos a los otros
para que sean capaces de ofrecerse.
Voy a proteger mi casa de fieras,
voy a ganarme el respeto
con las cicatrices de mis rodillas.

Los insectos sobrevivieron.
De los dinosaurios sólo quedan los huesos.

Qué bonita es la gente.
Me despido,
camino hacia el Metro,
es una noche templada,
víspera de fiesta regional.
Lo digo absolutamente en serio,
qué bonita es la gente,
cómo adorna las calles,
cómo se cuelga de la vida,
guirnaldas llenas que enlazan los dedos.
En los andenes, en los bares,
hasta en la cola del paro.
Cada uno con sus colores,
con su forma singular de atarse el pelo.
Oye tú, ¿de dónde eres?
Allá tengo un amigo viviendo,
se fue por amor.
Qué bonita es la gente.
Y lo digo absolutamente en serio.

Sí, estoy viva.
Y tengo un conflicto entre trabajar, salir y escribir: no soy capaz de ejecutar las tres cosas a la vez.
No obstante, si conocéis un nonagenario de paupérrima salud y rica cuenta bancaria, avisadme y solucionamos el problema de incompatibilidad de los tres verbos.
PD: Tengo un poema en la cabeza. Renuevo en breve.
Vuelvo a pensar en voz alta,
como los dementes,
como la vanidad hecha
a su propia imagen y semejanza,
escuchándose el eco,
hija de un solo ser, clónica, santa,
como un sí a coro párvulo,
como una letanía que se muerde la cola.
El sol asoma por fin
con su color de níspero,
rozándonos la cabeza.
Después tomaremos el perfume
de la ropa recién planchada
como quien estrecha especias conocidas
entre las manos.
Y cuando baje la cortina de la privacidad,
aplaudiremos el atarceder
entre vivas al protagonista.
Ven, acércate a mí,
vamos a limpiranos el aura
sin arrepentirnos de nada por hacer.
No aguantemos las palabras dos veces,
digámoslas todas,
hasta acabar el diccionario.
Hagámonos más dulces y más agrios,
bronceémonos el corazón de metal noble,
curtámonos la piel.
Vamos a ver a través de la gente, de nuevo,
como si sus cuerpos fueran trasparentes.
Sabes que no me equivoco nunca,
que por eso doy mi confianza a uno de cada cien,
(aproximadamente y tirando por lo bajo).
Tendámonos en la hierba si amanece bueno,
ocultémonos si hay balas,
mudémonos si hay guerra,
y agarrémonos de las manos de nuestros amigos
al escuchar el primer trueno.
Imagina cuántos países nos quedan por conocer,
cuántas casas nos faltan por estrenar,
cuántos conciertos por saltar,
cuánto amor por hacer.
Otro poema que sale naranja sin quererlo:
Aquí va a pasar algo.
"Los poetas, y en general la gente que escribe, me parecen extraordinariamente cachondos y desinhibidos. Llevan tanto tiempo leyendo y bocetando cosas fruto de la pura imaginación, que están deseando ponerlas en práctica".
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UNA CITA ROMÁNTICA CON LA BOHE
Y para que veáis que vuelvo con terrible saña os propongo que os acerquéis este jueves 2 de abril a la Asociación Cultural Pipo (en Lavapiés) donde ofreceré junto a mi amigo Juan Pinilla* un recital que dará paso a una jam session poética.
La dirección es Travesía de la primavera 3 (junto al Café Barbieri). Metro Lavapiés, salida calle Argumosa.
A los que conozco, y a los que no, os espero allí. A las 21:30. Poneos guapos y guapas. No faltéis.
* www.juanescribepoemas.blogspot.com

Resulta muy conmovedor veros,
amor mediante,
revolcándoos como dos mamíferos recién nacidos,
casi ciegos,
con los ojos entrecerrados para ver mejor,
aunque dentro de unas horas,
cuando anochezca,
el celo os hará animalmente humanos.
La mano de él, llena de energía estática,
es atraída involuntariamente,
como por leve gravedad,
hacia el pelo negro de ella.
Se hablan tan cerca que no podría separarlos un cirujano.
Dios debe de avergonzarse
cuando todas sus imperfecta obras,
pueden ser capaces de querer de forma sobrehumana,
tan sencillamente,
movidos por un remanso de anuncios televisivos,
por el precio de una caña en la Plaza Mayor.
Me hacéis pensar que casi nada sirve excepto
esto que explico y no me explico,
y me pregunto cómo se me vió en el pasado, desde fuera,
si yo también era así.
Pero eso ahora no importa,
porque es una la circunstancia,
y me conmueve miraros.

¿Por qué nos hemos sentido bien estando tan cerca
cuando en realidad nos sentamos tan lejos?
¡Yo! Que no permito que se me aproximen
a menos de un palmo del cuerpo,
a menos de un metro del corazón.
No se acerquen a la verja electrificada,
ni se le enfrenten a pecho descubierto,
cuidado, perro peligroso.
En qué punto del sudor del verano
comenzaste a desmembrar tu vida,
hilada entre recomendaciones de películas y libros,
-¡joder, Kundera es un misógino y no lo aceptas!-.
Qué sentido tuvo que te disparara la primera bala,
con un "¿Sabes?, escribes francamente bien".
Desde dónde llegaron las ganas de carbonizar el somier,
cuando de madrugada,
ya estábamos demasiado cansados:
yo tengo la llave y yo tengo el candado, te dije.
Me acuerdo de tu casa,
del frío que pasé fuera de las mantas,
y de la voz de la recepcionista
extrañada porque no hubiera dormido en el hotel.
Espero que a cambio tú recuerdes
cómo soy sin ropa interior.
Esto sigue como siempre,
el Prado de noche es algo foráneo,
en el fondo nunca nada ha dejado de ser bastante normal:
la gente bieneducada no se permite perder las formas.
Pero no olvides que las habitaciones son estrechas
y las puertas giratorias,
pues queramos o no,
continuaremos entrando y saliendo
a respirar entre toda la mediocridad del mundo,
y a través de ella, como putas,
nos rozaremos intencionadamente.
No me pesa el juego feroz,
ignorar si acabaré
la partida al sol de la medianoche,
o a la apertura de los comercios.
Me apuesto lo que no tengo,
que soy yo siempre sobre la mesa,
porque no concibo los plazos sin vencimiento,
solamente me arrastran fechas renovadas
para tomarse otra copa
y mirarse de ojera a ojera
-las manchas de rímel en la almohada también son versos-.
Ahora perdona que me levante arremangada,
porque solicita mis servicios un trabajo abyecto,
sin más remedio que ensangrentarme las manos,
tiro limpio en la nuca,
procuraré hacerlo con estilo,
nada de utilizar silenciador.
Pero de aquí al tiempo que sopla a los mortales,
poco, muy poco,
aunque ya no te esté esperando,
si le pides menos al futuro que al presente,
prueba a preguntarme la hora.

¿Hacia dónde correrías tú si el cielo se cayese?
Acaso Fran, volaría hacía arriba.
Con sus ojos azules,
y sus dramas familiares,
mitad ángel,
licántropo entero,
-ya le conocéis,
no os revelo nada nuevo-.
Tan lento,
tan de otro mundo,
tan de paso por éste.
Requebrador medieval
cuando estuve sobre un escenario,
inocente narrador
de vodeviles de chaperos.
No sé qué ha sido de él,
ignoro por qué pasillos caminará.
Pero sólo espero que no sean blancos.
Y con eso ya me conformo.

Dibujo de Igor Heras
Hay un centímetro de mi cerebro
donde ni siquiera llega la vanidad
- y ya es decir-.
Surgió con las paredes blancas,
alrededor había un frente multitudinario
de cosas que no importaban en gran medida:
filfa, datos y números sin correspondencia con el cielo.
Y se instaló para provocarme la poesía y la locura,
la belleza y la significación más completa.
Un día me di cuenta de que en ese lugar
también cabían las personas,
que cuando se marchaban
dejaban marcas de cuadros en las paredes,
permaneciendo como tiza de homicidios
a pesar de las manos de pintura.
Hubo quien se propuso entrar a la fuerza,
y salió escaldado,
hubo quien estuvo de paso,
y se hizo hueco.
Es un lugar donde sólo alcanza lo inconmensurable,
donde el hombre es más que hombre,
museo de los museos,
obra de los dioses en una mañana buena,
declaración en la cual nunca dejé de tomar parte.
Yo pongo el espacio,
disponga la vida todo lo demás.

Eres una bibliotecaria
que ha perdido las gafas, memoria.
Líbranos del alzehimer,
así como de recordar el sufrimiento natal.
Porque tu virtud me da miedo,
porque tú eres Dios, y no Dios,
que decides cómo y cuándo
vas a saltar sobre la música
-quinto corte del disco-.
Acudes vestida de chillón,
siempre dispuesta a increpar,
para encajarnos tu cuento,
en un cruce de imágenes,
a hostias si hace falta,
y nos llamas locos y borrachos,
para acaparar al menos
un instante de mirada fija,
y no irte sin hacernos llorar.
Pero no me obligues
a tratarte como a una conocida,
porque me indujiste al sueño,
y cuando quise acordarme de la historia,
ya la habías reescrito de nuevo.

"¡Qué cabrón!" es lo primero que se me ha ocurrido exclamar cuando he descubierto que Carlos Salem asoma su pañuelo filibustero en la portada del Cultural de El Mundo.
Siempre me he referido a él como un demócrata de la literatura, pues junto a Inés Pradilla ideó una nueva forma de hacer pública la poesía: en un garito, en un escenario underground (pero underground de verdad) y sin ningún tipo de censura previa (excepto la que estipula la ley).
Y Carlos Salem y su idea de bombero de abrir un bar cultural en una ciudad ahogada por los horarios, han sido una de las causas por las cuales este blog lleva vivo más de dos años (y me consta además que la mía es una historia común entre otros jóvenes poetas).
Así que más que enhorabuena, gracias por todo, Carlitos.

Más sobre él y sobre su obra: www.elhuevoizquierdodeltalento.blogspot.com/
La naturaleza es así de blasfema,
fiera abanderada del anarquismo,
innegociadora que escupe en talones en mano:
hace crecer plantas en los tejados,
edelweiss donde la vida llega y no pernocta,
y se resiste con un gesto obsceno
a trepar en macetas de bronce
en casas de a millón el metro cuadrado.
Pues mira arrodillada bajo tejados de zinc
a jóvenes en favelas capaces de
reflejar toda la luz ilimitada de su meridiano y su paralelo
y que corona de algún material noble que no se ve.
O una sola de todas las putas en Montera
que demuestra que la belleza no se argumenta con nada,
que se basa en la mera exposición,
en la estrecha vía del desierto,
en la destitución del bienestar,
porque a pesar de la igualdad de los seres que son,
siempre hay quien nace para ser mirado.

El recuerdo no está en mí,
yo estoy en el recuerdo,
porque deja de ser turbio cuando vuelve,
y resucita del limbo de los poemas
cuando lo invocamos entre tarde y tarde,
esperando que suene el timbre del microondas.
Te aguardaba, imagen del pasado,
estás en tu casa, ponte cómoda,
vuélveme a relatar allá del tiempo,
que yo tengo aquí, el corazón en la mano.
¿Quien me llama esta vez
sabiendo lo que hay
detrás de cada letra de mi nombre,
que por cierto, yo no elegí?
Somos tan ajenos a nosotros mismos...
Una vez más se me resisten los libros
en el transporte urbano,
jornada de aquéllas donde
no sé si saldrán de mi boca flores
o gárgolas adornadas de tiaré.
Y apuesto rojo y par y pan ganado de hoy
a que en este viaje sigo mirando personas.
Mirando personas.
Como quien mira cuadros.
Extraño entretenimiento el que frecuento,
dispuesta a alzar siempre la mano para decir algo,
acariciar con la izquierda,
abofetear con la derecha,
dar nombre a las cosas aunque ya lo tengan,
asustar tras una puerta,
tumbarme feliz sobre las alfombras,
besar la ficha técnica de mi vida,
besar la sinopsis de las vidas de los otros.

Me espera una merienda delicatessen de café y aspirina
después de haber actuado en paseos, plazas, avenidas
y en cada uno de los dominios de la Diosa Cibeles,
patrona de quienes pasan la noche al raso,
madame de piso de lujo con calefacción central.
Soy como un delincuente sin plan trazado:
no sé muy bien dónde actué ni por qué vía he huido,
y sigo preguntándome qué tipo de personas caminan
por la calle un miércoles de madrugada.
Pero el mangante sabe por experiencia
que siempre hay alguien de su misma condición
buscando fechorías en luna llena.
Cuando las calles de Madrid
se cubren de cierres metálicos grafiteados
y en ellas corre hasta la Policía,
el mundo cobra aspecto de escenario de teatro,
porque a esas horas anárquicas en que la gente no tiene dueño,
los actores parecen siempre secundarios.
Y si tienes suerte quizá puedas hasta admirar,
como una extranjera madrileña,
el perfil de los tejados al amanecer,
el luminoso de Tío Pepe en su colina,
por la ventana abuhardillada de un techo bajo y diagonal,
no construido a propósito para ningún amante.
O puedes añorar una foto que no has logrado hacerte,
y conservar los negativos en la cabeza,
porque hay sitios y personas
que quedan muy favorecidos en el recuerdo,
incluso en los horribles vagones-cafetera de la línea seis.

No resulta infrecuente,
que nacer mayor,
y no madurar nunca,
estén más cercanos entre sí,
y acaben por ser
menos absurdos
como combinación,
provocando que la fidelidad propia
sea algo menos vacío
que un titular de un consultorio de revista.
Pues amo lo que amé como una fiera,
desde la génesis de mi primer gusto,
quizá desde lejos,
de otra forma,
sin poner las manos encima.
Pero la impresión primera no muere
porque pertenece a las tripas,
y en ellas deposita su huella y su zarpazo.
Una afición por sentarme en piedras y soportales
que no dejo abandonada a su suerte en el pasado,
un placer por un autoabastecimiento compartido:
yo quise ser, y lo estoy siendo.
Y un futuro, quiera o no,
que vendrá rodado, con más o menos picos,
mientras descubro que las intrigas que nos aterrorizaban
quedan siempre como marcas de agua,
apenas traslucidas en la imagen, esquilamadas,
vida y latido mediante, por la normalidad.

Estamos asidos a la vida por un cordón de plata,
y aferrados con las dos manos
a unos pocos intereses a través de un hilo de nylon,
lleno de nudos y empalmes,
que alguien intentará sesgar al menos de lunes a domingo.
El resto de horas que uno no repara la cuerda,
transcurren mordiendo almas de acero oxidable,
o preparando la hormigonera para cementar la propia.
Así que solicito, a ser posible bajo una parra,
que salvo en encarnizadas batallas horizontales,
se tramite mi jubilación como guerrera,
y que los enemigos me hagan llegar
su tarjeta de visita con antelación,
a ser posible de bonita tipografía y buen gramaje,
más que nada, para ir preparando entretanto los canapés.

Lo menos solemne de uno,
campo escasamente admirado,
fracción inmerecedora del deseo,
comportamiento relajado y domiciliario,
que no obedece a ninguna lógica,
salvo a la irrenunciable de ser.
Precisamente averiguar lo único
que en verdad se ama de los que amamos,
ignorando el canto de la experiencia,
que por una vez está callado,
deja la pistola sobre la mesa,
se saca el machete de entre los dientes,
y ríe con blandura,
preguntando qué estupidez ponen hoy en la tele.
O como a veces muchos de nosotros,
a altas horas, ya sin maquillaje,
después de que alguien liara un porro:
es momento de convertirse
en un gatito zalamero de catálogo de Expohogar.
Aquí me tienen descalza,
no desnuda,
pero sí descalza,
para no pisar a nadie,
para apoyar la cabeza en un cojín,
y depositar en son de paz
las piernas sobre quien se deje.

Introducción:
Leer el último post de Miguel Baquero (http://miguel-baquero.blogspot.com/) me ha hecho recordar que tenía un pequeño texto guardado en la carpeta más perdida de mi pecé. Lo saco a la luz antes de desacordarme de él.
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A pesar del sobado titular sensacionalista, que les habrá hecho pensar en cosas que no son, y a pesar también de que en este blog hay poco lugar para la prosa, me dispongo a contarles el origen (no creacionista). Los dobles sentidos suelen atrapar más lectores: son ustedes unos cochinotes, y además me suben la audiencia sin necesidad de poner una foto en top less cual poeta erotocursi de poca monta y menos tropo.
Vamos a contar mentiras, tralará
Los que me conozcan mínimamente, sabrán de mi aversión a los números. Y en el colegio, al menos en lo que yo pude observar, existía – y existe- un bipartidismo absoluto donde sólo coexisten las ciencias y las letras. Lo de las Artes es una leyenda urbana lo mismo que empresas frustradas de principio como Izquierda Unida. En tal bipartidismo de la enseñanza, y en la parte más recóndita del cerebro de cada uno se formula una hipótesis, que pasa de generación en (de)generación, y que en general se da por buena: los listos son de Ciencias y los tontos de Letras. Yo, por mi parte, nunca pude imaginarme un filósofo retrasado, pero vaya, es lo que hay. Las letras son segundonas.
El doble filo (o el redactor como puta alfabetizada)
Desde muy pequeña me propuse escoger una profesión donde tuviera que aprender no mucho más, me explico: yo no sabía diseñar un puente, pero sí sabía escribir desde los cinco años, por tanto, aprovechar esta facilidad me parecía inteligente por ahorrativa de esfuerzo, y yo soy la tipa más hedonista (vaga) del mundo. Cuando cursé estudios superiores aprendí economía, investigación de mercados, sociología, psicología y otras materias interesantes que tampoco me han servido de mucho. Porque sigo ganándome la vida con lo que aprendí a los cinco años. Y sin embargo ésta es la misma razón por la cual algún cliente obtuso (Directores de marketing de multinacionales) me manda corregidos los textos con un pantallazo y anotaciones en rojo. Y es que para ellos “Te aviso QUE ya tienes el sobre” es una frase que está muy bien dicha. ¿Y en qué se basan? Muy sencillo, en que ellos también empezaron a escribir con cinco años. Nunca se les ocurriría decir a un químico que ha errado en su procedimiento, pero, ah, amigos, en lo de escribir mete todo el mundo las narices…
Ahora procedo a diferenciar escribir por pasta y escribir de gratis. Lo primero es muy lógico, es utilizar un arma que conoces, como el cocinero que guisa o el lírico que canta. Los segundos tenemos un cierto grado de absurdo e inutilidad. Representa una pérdida de tiempo insuperable desde el punto de vista práctico, por ello admiro hasta la saciedad a aquellas personas que siguen y siguen colgando artículos en blogs a pesar de tener en todos cero comentarios. No obstante, de haber tenido doscientos, tampoco les hubiera servido para nada (bueno sí, Adsense paga una cosa medio simbólica). Y es que no puedo imaginar un ingeniero que colgara planos y fórmulas el su blog por el mero placer que obtiene desarrollándolos. Va a ser verdad que los de letras somos un poco gilipollas.

Vade retro, Satanás
Queridos amiguitos de Poesía que no es cursi:
Ya que de humor también vive el hombre, os convoco a que asistáis a un show que han montado Nacho Aldeguer y Daniel Orviz, y que versará sobre las elecciones de Yanquilandia, tratadas, cómo no, desde una perspectiva muy cachonda. Yo no me lo voy a perder, y además me han dado un papelito que no puedo desvelar.
Es el martes 4 de noviembre (mismito día de las elecciones en EE.UU) a las 21:30 horas en Beer Station (Cuesta de Santo Domingo 22, Metro Santo Domingo, Madrid, España, Europa, el Mundo, La Vía Láctea, El Universo). ¡Os veo allí!

Mientras haya brindis,
de a dos,
o entre cien,
existirá felicidad en alguna parte,
y al menos un par de seres humanos
seguirán siendo relativamente libres.
Mientras no nos digan
por qué razón debemos brindar,
mientras el agua no envenene,
mientras alguien ponga bebida derramada
en nuestras frentes,
mientras un pie trepe por otro bajo la mesa,
ignorados por el resto de comensales,
mientras los loteros lloren
porque han repartido suerte,
mientras sea un plano conjunto
alrededor de una mesa,
en la barra de un bar,
o apoyada una copa bajo la cama,
mientras sea recreativo como los muebles
de mimbre de una terraza,
como desabrochar el botón de unos pantalones,
entonces la alegría no habrá muerto,
y se expandirá burbujeante
como plaga a lo largo de la tierra seca.

Las horas son propicias a la mente,
lo mismo que la una lo es al aperitivo.
El tiempo se adueña del tiempo,
en distinto plano,
y procrea,
surgiendo de él, como esquejes,
los pensamientos horarios.
Por la mañana, una vagabundea por la casa,
fotofóbica, odiando al mundo,
tropezando con zapatos,
pero acaba subida a lomos del movimiento
nada más encender la radio.
Probablemente hoy discutamos
sobre atentados o el índice Nikkei,
o quizás demos con los huesos en el suelo
y conversemos acerca del precio del pan candeal,
que por suerte será lo único que conozcamos de vecina mano.
Lo demás, no sé muy bien cómo,
acabo resolviéndolo mecánicamente:
me enjabono la cara,
elijo los pendientes y
maldigo al hombre moderno,
por este orden,
aunque a veces en sentido inverso.
Entonces, el dolor por romper mi sueño,
mi paz egoísta,
el único lugar donde estoy conmigo,
se esfuma entre las ondas hertzianas
y la puerta de la nevera.
En la calle, como cada mañana a las nueve y media,
mueven el culo los perros,
se transportan pilas de cajas,
y se arranca con dolor de parto
las legañas la clase media,
al tiempo que sube los cierres de su comercio
y critica al Gobierno,
a la Oposición
o al Rey del Vaticano.
Yo, jornalera de agencia,
mileurista quien sabe si carente de futuro,
pongo una mirada de peón
en la pantalla de mi pecé,
para escrutar el minuto
entre mentira y mentira redactada.
Y es que reparo en que afuera
me esperan los magnolios,
a los que nunca consigo abrazar,
porque mi desesperación
por echarme en brazos de la vida,
me hace ciega recurrente.
Tengo un poema casi acabado y otro en mente.
Y no me sale ninguno.
Esto va a ser que necesito vacaciones.
A veces te basta un minuto
que cuente como toda una vida,
para clavar los ojos en el espejo,
sin parpadear,
y saber lo que viene de frente,
hacia ti, dispuesto a matarte,
como una locomotora.
O descubrir miradas que queman en el Metro,
intenciones jóvenes y aviesas,
que a diez centímetros menos,
aumentarían, a buen seguro,
la subterránea natalidad del país.
Inventen, por el amor de Dios,
los vagones deshabitados.
Otros días uno puede parar coches con las manos,
caminar sobre brasas,
y hasta transcribir un poemario.
Enterrar un deseo al pie de algún árbol,
encontrarte con un ser no anónimo en la Gran Vía,
en una ciudad de 5 millones de almas
y encima, alegrarte de verle
-esto puede ser aún más difícil-.
No puedo dejar de pensar en una casa futura
transitada de poetas y otros locos,
pero me temo que nací tarde para eso.
Tampoco sé por qué estoy acordándome
de la parte fuerte de la existencia.
Será la religión del café.

La época de los grandes: la Generación de los 50. En la foto, de izq. a dcha. Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral y J.M. Castellet.
La sinapsis es el proceso esencial en la comunicación neuronal y constituye el lenguaje básico del sistema nervioso, es un proceso que consta de descargas químico-eléctricas.
Cada neurona se comunica, al menos, con otras mil neuronas y puede recibir, simultáneamente, hasta diez veces más conexiones de otras.
Las sinapsis permiten a las neuronas del sistema nervioso central formar una red de circuitos neuronales. Son cruciales para los procesos biológicos que subyacen bajo la percepción y el pensamiento. También son el sistema mediante el cual el sistema nervioso conecta y controla todos los sistemas del cuerpo.
******************
Confiesen los hombres sabios, por piedad,
que las cosas pueden hacerse del derecho y del revés,
para hilar fino en asuntos de casquería,
cirugía cardíaca, ya saben, de precisión.
Lamentablemente quiero por no necesitar,
por adorno y extrañeza,
nunca por útil,
ni por qué no saber qué hacer con mi tiempo,
incluso en días inconvenientes,
a pesar de, siempre, más que a favor.
Así fue y así será cuando sea.
Por los siglos de los siglos, Amor.
Perdón, quise decir Amén.
Sin embargo no dejo de ver animales bicéfalos
que me inquietan sobremanera:
monstruos unidos por las garras y por las espinas,
a distinta altura,
y como siameses, uno tira del otro,
hasta que amputan al más débil.
Que poder matar a insultos a 200 metros es compatible
con dar mi vida a la misma distancia,
vaciando por completo las entrañas,
sin solapar mi nombre.
Yo busco fotos desnudas,
poemas a cuatro manos,
frases cortas que de las tripas suban al corazón,
(las recuerdo todas de una vida pasada),
roces que de mis repliegues suban a la cabeza,
(los recuerdo todos también).
Trepar hasta mis nervios, o nunca nada.

Me pregunto desde hace unos meses
cómo es posible este trato dulce que me dispensa la vida,
que casi servilmente venga a preguntarme si me he hecho daño
cuando me corto pelando una manzana.
Seguramente sea resultado de haberme peleado mucho en el pasado
de las trampas a una edad que yo no pude sortear,
y de haberle dicho tantas veces que no.
La vida y yo somos últimamente poco dadas a los problemas,
nos hemos acostumbrado a los defectos conyugales,
y sabemos que las emociones eventuales se buscan fuera.
Yo le escribo un poco, ella me presenta alguna gente,
si le insisto me pone los días impares en el lugar adecuado.
Aquí Marta, un Ser Viviente; un Ser viviente, Marta
("mucho gusto en conocerle"), y me inclino en una reverencia.
Le pido poco permiso y le doy mucho las gracias,
ella siempre me responde "tú verás lo que haces",
o me llama cabrona, pero luego se ríe.
Los lunes le mando mensajes festivos mientras estoy trabajando,
los martes se los hago llegar eróticos,
los sábados nunca porque no estoy.
Viene a callejear conmigo al atardecer
hasta que nos perdemos en un metro cuadrado
e inculpamos a la otra.
Echamos juntas de comer a los pájaros,
caviar y mendrugos,
y recogemos frutas del Bosco
en los huertos donde no nos dejan colarnos.
Me propongo despertarla algunas madrugadas
para brindar por ninguna celebración.
No me obliga a mentir,
ni me obliga a enamorarme cada seis meses
(como los cursis que carecen de poesía).
Me hace querer mucho y decirlo poco.
Nunca la voy a dejar por nadie.
No se lo merece.
Aunque me pusiera los cuernos.
Y sé que me los va a poner.

Me es grato comunicarles que mi blog ha vuelto de la muerte. A pesar de la maldad de Hispavista, que lo tuvo en coma profundo cerca de una semana, vio a San Pedro, chocó las manos con él al estilo Harlem, y por suerte, ha vuelto al mundo de los vivos para dar satisfacciones y disgustos a su progenitora.
Me alegro, estaba comenzando a haber suicidios en masa.
Para mi amigo Daniel Herrera, profesor en California en un mes.
Señor Herrera,
de poeta a poeta,
permítame que le diga,
que tiene algo de ingeniero desorientado,
un tanto así de creador de personaje mítico,
más risueño que trágico,
a pesar de la calculada trama
con la cual nos oculta su naturaleza.
Dueño de cama con dosel,
como las más sabias cortesanas,
excusador del desorden a las visitas,
y criador de un pájaro-aldaba,
que podría perfectamente ser su hijo policromado.
De profesión desconocida hasta la fecha,
probable juntaletras de blanco electrodoméstico,
degustador de vinagre de Módena,
o barista especializado en capuchino.
Ahora que con triste motivo le corto un traje a medida,
le confieso por vez enésima
que yo tuve mis más y mis menos,
llamémoslos roces,
con el caballero que recibe la misiva.
Chulapón que camina por Humilladero,
mientras se lamenta
de que la vida navajera le trata mal,
y desconoce que la suerte
se le abre de piernas laborables
fines de semana y también festivos.
Recuerde, amigo poeta, al encaminarse a su destino,
hacer escala en Plutón,
porque a pesar de ser planeta descatalogado,
es un sitio donde merece mucho la pena arribar.